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Nadie puede poner en duda que la gran revolución de los servicios de mensajería móvil, después de la novedad del SMS, estuvo en manos de Blackberry y el famoso BBM (Blackberry Messenger). Sí, lo sé, ya habíamos experimentado en la PC con MSN y Yahoo,

pero no es lo mismo, esas eran plataformas que si bien resolvían la inmediatez de comunicación entre personas, exigían que estuvieran online, necesitabas estar sentado frente al equipo, en fin, un protocolo.

Vivimos en el mundo del mobile first y cada vez más, del mobile only. Los smartphone se han convertido en extensiones de nuestro cuerpo. Estamos interconectados con el planeta entero 24/7.

Cuando Blackberry inició el cambio de paradigma hacia lo que era un teléfono inteligente, permitiendo el monitoreo en tiempo real de correos electrónicos (no en diferido como hacían el resto de equipos en el mercado), su servicio de mensajería instantánea representó la joya de la corona: por su diseño, por su pronta apuesta por los famosos emojis y sobre todo, por su seguridad. Pero había una limitante: sólo eran merecedores de esta ventaja quienes tuvieran únicamente equipos de la marca.

Aquí irrumpe WhatsApp. Su propuesta era similar a BBM, con el atenuante de que permitía ser instalado en estos versátiles teléfonos y en otros que empezaban a ganar grandes cantidades de adeptos: aquellos que portaban unos sistemas operativos emergentes conocidos como Android e IOS. En otras palabras, ahora podíamos interconectar equipos inteligentes de diferentes ecosistemas, con un mismo sistema de mensajería instantánea.

Estamos hablando de un ya tanto lejano 2009.

Pero WhatsApp era solamente eso, un servicio de mensajería con capacidad de incluir emojis, no más. Y aunque BBM era el gran líder en este ámbito, los usuarios con equipos de la empresa canadiense, comenzaron a tener instaladas las dos apps, porque si bien la primera era mucho más versátil, por el tema de seguridad, muchos padres comenzaron a darle a sus hijos en edad escolar, equipos de estas características para poder estar en constante contacto con ellos, a través de una vía que no arrojaba ningún tipo de vulnerabilidad, y BBM era la consideración natural para mantener ese contacto.

Vulnerabilidad de la que adolecía WhatsApp hasta hace unos años, especialmente cuando estaba funcionando a través de una conexión WiFi y no con el plan de datos del equipo (ya esto fue solucionado hace tiempo, supuestamente).

El hecho es que, con el incremento en al diversidad de equipos en el mercado, aunado a la poca visión de futuro que tuvo la empresa Blackberry, la necesidad de una app de mensajería polivalente fue primordial, con lo cual, WhatsApp dio un paso adelante en la hegemonía de este terreno.

En 2013, un par de rusos desarrollaron el que sería, el gran contrincante de la app de la gran “W”. Hablamos de Telegram, la cual frente a los constantes señalamientos de inseguridad en el flujo de la información de su contraparte, irrumpe como la gran alternativa multidispositivo y multiplataforma con encriptación de los mensajes en todo momento.

Además, fue la app que le empezó a marcar la hoja de ruta al resto, sobre los alcances que se podían lograr con una plataforma de esas características: intercambio de archivos multimedia, creación de grupos numerosos, comunicación con contactos ajenos a los almacenados en la agenda del equipo.

Así, en Europa, Telegram logró seriamente plantarle cara a WhatsApp, al tiempo de arrebatar momentáneamente, algunos usuarios, hasta que Mark Zuckerberg decidiera en 2014 comprar la segunda, integrándola así, al gran conglomerado de plataformas y servicios de la corporación Facebook.

Hoy día, tanto Telegram como WhatsApp han evolucionado notablemente, convirtiéndose en importantes alternativas de los medios de comunicación, tradicionales y digitales, para llegar a audiencias alternativas. Lo mismo ocurre con empresas, para el tema del establecimiento de líneas de comunicación directa con la clientela, así como para la difusión de publicidad.

Asimismo, el flujo de información que existe en estas plataformas en muy variado, desde los convencionales archivos multimedia, hasta archivos en formatos como .pdf o .docx, como también geolocalizaciones.

En el caso de WhatsApp, a semejanza de Facebook e Instagram, podemos colocar información temporal en formato de foto y video, similar al atributo principal de Snapchat.

Inclusive, en ambos servicios, podemos crear grupos de personas completamente ajenas a nuestro círculo de contactos. Tanto así, que el ISIS llegó a tener en Telegram, 1400 grupos por los cuales adoctrinaba personas y difundía propaganda yihadista.

Hoy nos comportamos en estas apps de la misma manera que lo hacemos en Facebook y Twitter por citar de las plataformas sociales más populares a nivel global.

(El gran antecedente de instagram fue el perfil del BBM, que mucha gente cambiaba hasta dos y tres veces al día 🙂 )

Ahora bien, por otro lado, vemos que las redes sociales convencionales, por decirlo de algún modo, se han visto en la obligación de incluir servicios de mensajería instantánea, que en algunos casos, empiezan a perfilarse como redes sociales particulares. Aunque suene engorroso el ejemplo habla por sí solo y lo explica mejor: Facebook Meseenger: una app que permite colocar contenido al estilo Snapchat, así como el intercambio de información en múltiples formatos, admite la creación de grupos, etc.

Es cada vez más habitual en grupos de personas muy jóvenes, comunicarse en estos términos en Instagram, al tiempo que se consume el contenido que se publica en esta red, que se trata de una imagen por encima del mensaje en texto.

Por su parte Snapchat, que revolucionó el mundo del intercambio de contenidos, con un sentido finito e instantáneo de publicación, entre sus múltiples atributos no sólo incluye un chat, sino la posibilidad de hacer videoconferencia con los contactos.

Hay que tener claro el hecho que, la popularidad y usos específicos de todas estas plataformas depende de la sociedad específica donde ocurra. Si queremos comunicarnos con amigos de Asia, lo propio es contar con Line pues WhatsApp no es una opción a considerar en este continente para lo que se refiere a comunicación instantánea.

Vemos cómo Telegram logró ganar terreno en Europa y no así en América desde el norte hasta el sur, donde WhatsApp es la alternativa preeminente.

Si queremos llegar a audiencias jóvenes en EEUU, lo ideal es Snapchat y en segundo lugar Instagram, lo cual no ocurre igual en España, donde la segunda es la gran reina en este grupo etario.

Ahora bien, si como medios de comunicación deseamos abrirnos a nuevas plataformas y audiencias, debemos considerar en primera instancia Twitter, luego Facebook y por último Telegram y WhatsApp, que no es lo mismo si somos empresas, donde lo ideal es tener presencia en Instagram y después en Facebook.

Inclusive la política tradicional está buscando explotar al máximo las posibilidades de todas estas herramientas. En un post anterior en este mismo blog, conversamos sobre la convocatoria a una manifestación digital por Instagram contra el Gobierno, por parte del la Mesa de Unidad Democrática en Venezuela, hace unos meses.

Estos son sólo ejemplos de lo complicado que resulta el entramado de las redes sociales, en las cuales se diluye la frontera entre herramientas de comunicación instantánea o meros tablones de publicaciones diversas.

 

 

 

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